Los toros desde la barrera, capítulo 2: VAMOS A PONERLES CARA A ESTOS MUCHACHOS

Pelmazos
irresponsables
sectarios
anarco-algo
invariablemente buscando
piojos en la cabeza
queriendo estar en la luna y tocar las campanas
vendiendo la piel de un oso
que aún no ha nacido
quejicas
pasados de moda,
puntillosos
alarmistas
confusos
Seguid con vuestros improperios
Conocemos la cantinela
del desprecio
y en el fondo
el miedo irracional
que les tenéis

(Abdellatif Laâbi)

 

Dijimos que esto se trataba de gente en la calle. Ya hemos hablado de la calle. Ahora vamos a hablar de la gente.

* * *

Detrás del fenómeno está, en principio, esa marea humana que ha tomado el neutral nombre de su fecha de nacimiento: el movimiento 20 de febrero.

En principio eran una cincuentena. Hoy, vía facebook, twitter y calles varias, son miles. 62.096 en este preciso instante sólo en la red social (pero hay muchos que no transitan las ondas web: cientos de miles en cada ciudad).

Son muy jóvenes: dos de sus cabezas más visibles tienen 19 y 23 años. Pero les asesoran otras cabezas en la sombra que llevan muchos años, más incluso de los que ellos tienen, conociendo por la vía del hacer lo que significa el activismo.

Nacieron con ganas de emular a Túnez y dicen que de ellos aprendieron que los derechos no se piden sino que se arrancan, que la libertad se toma porque nadie te la ofrece.

Vienen de los movimientos sociales… o simplemente de sus vidas anteriormente tranquilas. De la súbita luz de haber visto que el mundo podía ser de otra manera.

Según las claves que ellos mismos eligen para contarse, no tienen jerarquías ni centro. Con comités en que cada uno desarrolla lo que mejor sepa hacer, funcionan por nodos locales que brotan a su ritmo. Defienden el pacifismo hasta cuando ya les están dando madera. Les gusta contar lo suyo a través de acciones modernas y resultonas.

Orgullosos hijos de Internet, no tienen organización ni líderes formales. No tienen afiliación política. Tanto han querido no significarse en ninguna línea que hasta cambiaron la fecha inicialmente prevista para su primera aparición pública porque coincidía con el aniversario de la creación del saharaui Frente Polisario, y no querían especulaciones ni asociaciones de ideas. Pero sí cuentan con el apoyo de algunas asociaciones y entidades de la sociedad civil, como la Asociación Marroquí de Derechos Humanos, ATTAC Maroc, el Colectivo de Asociaciones Amazigh, la Asociación Democrática de las Mujeres de Marruecos, la Organización de la Libertad de Prensa y de expresión o la Unión Nacional de Estudiantes de Marruecos. Por decir alguna, tomadas casi al azar, entre muchas (muchas, muchas…)

Llaman a la movilización. Llaman a la urbanidad.

En todo caso, han dejado oír una voz, la de los jóvenes, que tampoco aquí están como para tirar cohetes.

En todo caso han dejado oír una voz que por lo que parece bien pudiera ser la de cualquiera.

* * *

Hay a quienes no les gustan mucho, estos chicos. Hay quienes comentan que son élites. Que se reúnen en tal o tal bar de moda. Que puede haber quien haga reuniones paralelas con el poder. Que puede haber quien se esté buscando un ministerio.

Esto (esta crítica) ocurre desde el corazón de la estructura a derribar, bajo las formas de la propaganda y la calumnia, pero también desde los más laterales de los márgenes, desde los más aguerridos de los combatientes a quienes admiramos.

Esto ocurre siempre, supongo.

*  *  *

Cuando algo nace así de pronto, cuando algo brota de pronto como flor de estación y ocupa en tiempo récord portadas y conciencias, suele ser sano recordar que nada nace de la nada.

También en este país -también en estos países- la lucha por los derechos, por la justicia, por la verdad, por lo bueno, lleva décadas gestándose despacito y buena letra en calles, tesis, revistas, conversaciones, “disturbios”, manifas.

Una plaza importa, pero la memoria también.

(Memoria de las asociaciones de derechos humanos que llevan años dejándose la piel porque nadie sea menos que nadie. Memoria de los afiliados a partidos clandestinos que llevan años jugándose el tipo porque su idea también sea puesta en juego. Memoria de los  licenciados en paro que llevan años dejándose romper la crisma porque se cumpla lo que se les dijo. Memoria de las organizaciones locales que llevan años partiéndose la cara porque si el pan sube, no hay pan que valga. Memoria de los sindicalistas que llevan años partiéndose el lomo para decir que no es lo mismo “sindicato” que “sindicato oficial”.  Memoria de los bereberes que llevan toda la vida pidiendo que les dejen ser. Memoria de los saharauis, que ya sabemos. Memoria de los que están -todavía- en prisión por tratar de restituir la memoria, o lo que en el futuro será memoria).

* * *

En cualquier caso: mejor que por lo que son, estos muchachos se dejan conocer por lo que piden.

¿Quizá por eso se nos cuenta tan mal lo que piden? A juzgar por la prensa, se diría que han salido a la calle a tomar el sol. Al menos esa es la sensación que llevamos teniendo el gato y yo desde que empezaron a brotar por aquí y por allá las revueltas. Los titulares hablan de la gente que se manifiesta, pero así: “se manifiesta”. Como mucho se mencionan palabras como “justicia”, “democracia” o “dignidad”.

“Cuando un dedo apunta a la luna, los idiotas miran el dedo”, dice un proverbio de alguna parte.

Decimos nosotros que si esta gente se toma la molestia será porque algo quiere.

 

*  *  *

Bien es cierto que al principio los revueltos insistían mucho (igual que sus primos españoles o griegos, por ejemplo) en dejar claro que son “un movimiento de protesta y no de propuesta”.

No parecía mala idea. Pudiera ser que sea más esperanzadora una postura impugnativa sin rumbo claro, una “inquietud sin nombre” capaz de buscar con limpieza.

Palabras como “libertad”, “dignidad”, “democracia” y “justicia social”, sin embargo, son tan amplias y vagas que empañan un poco la acción.

Poco a poco y por sí mismo, el movimiento fue definiendo su wish list. Se establecieron como prioridades cuestiones como  la lucha contra la corrupción y el favoritismo, el derecho al empleo, la educación y la atención médica.

En ningún momento se puso en cuestión la monarquía, aunque sí sus atributos. Así, el movimiento aboga por una monarquía parlamentaria donde Mohamed VI reine pero no gobierne, deje de ser comendador de los creyentes y renuncie a privilegios y protocolos de reminiscencia feudal. También se ataca su intervenciónen en negocios privados (porque como quien dice, medio país es suyo o de su familia, con la propiedad de empresas inmobiliarias, bancos, minas, industrias, fuentes de energía…); y se pide que el presupuesto de la casa real se público (¿a alguien le suena familiar esto?).

Por otro lado, el pueblo exige una asamblea constituyente elegida, que el Gobierno dimita, que el Parlamento se disuelva, que todos los presos políticos sean liberados y se cierren los centros clandestinos de detención y tortura. Y que se lleve a juicio a quienes desde el poder hayan malversado, abusado, robado, torturado, mentido, prevaricado.

Se ataca al makhzen, ese invento nacional marroquí que consiste en una suerte de clase privilegiada, de corte u oligarquía por virtud de la cual una serie de familias con poder ostentan el de medio país.

Se propone una reforma de los medios de comunicación públicos, generalizar la seguridad social (que hoy solo beneficia a 2,4 millones de personas) y dar más poder a los gobernantes locales electos (frente a los gobernadores regionales nombrados a dedo desde palacio).

Y que la lengua amazigh tenga sitio.

Y una reforma efectiva de la justicia.

Algunos ven importante garantizar la libertad de culto, llegando incluso a pedir que la Constitución declare un estado laico.

Casi todos están de acuerdo en que estaría bien cambiar el código de la prensa para asegurar que no haya censura.

Los eslóganes de las marchas se cebaban particularmente en algunas cabezas visibles que para la gente ponen nombre a la corrupción y el nepotismo, y cuya caída se pide.

En un documento leímos, y nos encantó: « [Protestamos] también porque los 3500 kilómetros de costa, Maroc Telecom, las tierras agrícolas fértiles y las fuentes de agua han sido cedidas sin consultárnoslo. Peor aun: la operación de venta continúa todavía ».

El nivel de concreción ha ido hasta el boicot al Mawazine, el festival musical más grande del país, que este año traía a Shakira en modo concierto popular con un presupuesto que daría para llenar los campos de bibliotecas.

Para ser un movimiento “de protesta y no de propuesta”, no le faltan puntos al programa (ironiza el gato).

El analista Bernabé López los resume con un dardo certero:

“Piden una corrección, un cambio de rumbo”.

* * *

Pero no están solo ellos. A la sombra de su bandera desfila toda una panoplia de manifestantes venidos cada cual de militancias y recorridos históricos muy diversos.

Seguimos diseccionando refranes. Dicen que “divide y vencerás”. Pero, ¿qué ocurre cuando algo está dividido de antemano?

Una de las virtudes de esta primavera marroquí -como de sus hermanas de otros países- es haber logrado aunar a quienes parecían destinados a estar dispersos, juntar en una pelea unívoca deseos muy variados. Pero esto, que daría en principio una esperanza de entendimiento y sabiduría estratégica, tiene en lo cotidiano y logístico una contrapartida complicada: a un movimiento disgregado se le va mucha energía en las peleas internas.

No parece que esté ocurriendo, por el momento. Al menos en apariencia, el movimiento está sabiendo dejar de lado sus diferencias. Pero, ¿será así también cuando nadie le ve?

*  *  *

La alianza más controvertida fue -no podía ser de otra forma- la que metió en el ajo a los islamistas. Concretamente, a su rama más popular y más apoyada, el movimiento Al Adl Wa Al Ihsane (Justicia y Caridad), una organización ajena al juego político, sólo parcialmente legal, metida en algunos juicios y siempre polémica, liderada por un jeque-gurú y hija, y bastante cercana a planteamientos místicos y mesiánicos. Son gente que defiende la imposición de la ley islámica y que, sin embargo, desde su adhesión al movimiento han cedido y apoyan las peticiones de un estado laico, en un movimiento estratégico que parece apuntar a que, si el rey perdiera su dominio de la esfera de la fe, todo ese campo simbólico quedaría a su disposición (lo que podría, en una aparente paradoja, permitirles en un sistema más democrático llegar al poder que ahora les es inaccesible).

Otros dos partidos islamistas ilegalizados, “Al Uma” (Nación) y “Al Badil Al Hadari” (Alternativa de Civilización) también se unieron, a partir de marzo (no así el que tiene representación parlamentaria, el PJD). Los dirigentes de ambos forman parte del centenar de presos políticos que salieron a la calle en una de las absoluciones colectivas de condena otorgadas por el rey al poco de comenzar la protestas, en un intento de calmar los ánimos.

Dentro del movimiento, y aunque solo sea por veteranía, los islamistas aprecen como los organizados y fuertes. Pero su presencia no para de suscitar preguntas e inquietudes.

Luego están los bereberes, que se unen al asunto por su vía: pidiendo que se considere la amazgihté como componente de la identidad nacional y se oficialice su lengua. (Spoiler: ¿Final feliz? En la nueva Constitución se contemplan, efectivamente, sus demandas, en una de las pocas concesiones sin “pero” evidente).

Los “licenciados en paro” son otros de los que llevan mucha historia a sus espaldas. Hace ya más de una década que se manifiestan todas las semanas para solicitar que se cumpla una promesa que se les hizo: reservarles una cuota de plazas en la administración. Son un colectivo organizadísimo y autorreferente en el que es necesario inscribirse (y hasta pagar cuota), como modo de garantizar que los beneficios los gocen quienes los pelearon. Con sus chalecos de colores que los distinguen por carreras, hace ya tiempo que son parte del paisaje urbano menos silenciable.

El 1 de mayo, las manifestaciones del 20 de febrero se mezclaron con las del día del trabajo y los sindicatos declararon que secundan a los jóvenes en sus protestas. Los partidos políticos, por el contrario, se han situado casi desde el primer momento en contra de los manifestantes. Sus formaciones juveniles, por su parte… se han unido mayoritariamente a las contramanifestaciones que defienden el lema de “Dios, patria y rey” contra los insurrectos.

Las clases populares, last but not least, parecerían ser una de las piedras de toque de la cuestión. En un principio parecían poco motivadas con el asunto, sobre todo las de las barriadas de las ciudades (algo distinta es la situación en el campo, donde sí hubo movilizaciones importantes, sobre todo en el Norte). Tampoco el movimiento dirigió en gran medida, en principio, su discurso hacia ellas.  Pero en un momento dado, alguien debió darse cuenta de que sin su participación no eran ni serían nada, y en Rabat y Casablanca empezaron a trasladarse las convocatorias de manifestación de las arterias principales de la urbe a sus barrios de periferia. Y ahí sí: el volumen de las manifestaciones y el tono de las reivindicaciones empezaron a intensificarse.

Por supuesto, lo de la pluralidad se elevó a una potencia indescriptible en el momento en que empezó realmente a poder decirse que bajo la bandera del movimiento estaba “el pueblo”.

* * *

Escuchaba hoy en un videomanifiesto de Anonymous: “no se puede cortar la cabeza a una serpiente sin cabeza”.

Sin cabeza o con tantas, a este movimiento no hay quien le localice el cuello para dar el tajo.

Pero enseña la Historia a temer que “cuello” quiera decir para las hidras ese lugar en que se muerden a sí mismas cuando las cabezas empiezan a pelear. Con tantas voces internas, si quiere seguir viviendo, al movimiento marroquí no parece quedarle más opción que aprender a conciliar intereses, eso que tan mal se nos da a los humanos (y que ya está intentando, eso sí, con uñas y dientes).

Porque en sus filas no hay casi nada tan claro como que le va a ser vital superar lo que el poeta Alberto Porlan diagnosticó para la especie como: « el miedo que tenemos a juntarnos / porque nos conocemos».


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